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La armadura que un día me protegió

Hace algunos años, mientras estudiaba coaching, nos asignaron hacer un ejercicio confrontativo: debíamos mirarnos en un espejo imaginario e identificar qué tipo de armadura usábamos para protegernos del mundo. Teníamos que revisar si nos cubríamos la cabeza, el pecho, y si acaso llevábamos puesta una máscara.

 

Fue en ese instante cuando la verdad me golpeó de frente. Descubrí que mi máscara favorita era la sonrisa: esa fachada perfecta que usas para que nadie te pregunte si estás bien. Y descubrí algo más profundo: llevaba una armadura tan pesada y pegada al cuerpo que ya me había acostumbrado a ella; me la ponía cada mañana e, incluso, me dormía con ella puesta.

 

Mi historia se parecía demasiado a la de El caballero de la armadura oxidada. Al igual que él, yo no sabía que la traía puesta hasta que la vida me obligó a intentar quitármela.

 

La paradoja de la mujer fuerte

Durante muchos años pensé que mi mayor fortaleza era poder con todo. Era la ingeniera capaz de resolver cualquier crisis. La líder que siempre encontraba el siguiente paso. La mujer independiente. La disciplinada que, si se proponía algo, lo conseguía.

El mundo me miraba y me decía: “Sandra, eres tan fuerte”. Pero por dentro, yo pensaba: “Eso es porque solo estás viendo el acero de mi armadura. Adentro, tengo un corazón sensible y me pueden lastimar”.

 

No reniego de esa armadura. La honro y le agradezco. Apareció cuando más la necesité. Gracias a ella construí una carrera profesional de la que me siento profundamente orgullosa, me ayudó a criar a mi hijo y superé momentos muy difíciles. Nos pasa a muchos: no llevamos una estructura de metal, pero sí un blindaje hecho de creencias y mecanismos de defensa. La de la mujer fuerte, la de quien siempre tiene el control, la de quien nunca pide ayuda. Al principio, esa protección te ayuda a sobrevivir. Pero llega un día en que deja de ser un refugio y se convierte en una prisión.

 

Cuando el escudo se convierte en enojo


El caballero del libro se ponía la armadura para luchar por la justicia y salvar vidas. A mí me pasa igual. Descubrí que mi armadura se activa de forma automática cuando siento que mis límites son sobrepasados o cuando percibo una injusticia. En ese instante, mis facciones cambian, mi rostro se endurece y me pongo el traje completo.

¿Cómo se siente? Se siente como un enojo profundo y como un cerrojo en el pecho. Me acostumbré a resolver antes que a sentir; a controlar antes que a confiar.


Hace poco volví a ver su sombra. Hubo un momento en el que necesitaba ayuda. En lugar de ser vulnerable y pedirla, mi mente asumió que la otra persona "debería saber" que la necesitaba. Como no me la ofrecieron, el orgullo de la armadura me susurró: “No digas nada, hazlo tú sola”, y me encerré en el enojo. O peor aún, cuando he intentado abrir mi corazón y mostrar ese lado sensible, si noto que la otra persona se incomoda, no sabe qué hacer con mis emociones o me juzga, el impulso de mi armadura no es pelear... es salir huyendo y cerrar la puerta con llave. Porque cuando nadie puede herirte, tampoco nadie puede tocar realmente tu corazón.

 


Lo que la vida me está enseñando: Volver a jugar


Curiosamente, el espejo más grande para ver mi armadura no ha sido el trabajo. Han sido la relación de pareja y la relación con mi hijo. La armadura me había vuelto, por momentos, emocionalmente distante. Pero hoy estoy aprendiendo que desarmarse no es un acto de debilidad, sino de profunda valentía.

He descubierto que la única forma de derretir el metal es atreviéndome a jugar.

 

¿Cuándo me siento verdaderamente yo? Cuando juego. Y jugar, para mí, significa entrar a mi clase de Hula, bailar sola en mi casa o bailar para alguien conectando con el mensaje de la música. Significa sentarme con mis amigas a reírnos a carcajadas sin miedo al juicio, o conectar en la intimidad con esa persona especial y permitirnos ser niños otra vez, con la certeza de que nadie se va a aprovechar de nuestra inocencia.


Incluso he aprendido que en mi trabajo mi inteligencia no tiene que ser un arma de defensa; cuando uso mi creatividad para darle estructura al caos y resolver un problema, también estoy jugando. Soy yo misma cuando pinto, cuando dibujo y cuando enseño.

 

 

La armadura no cae de una sola vez



 

Despertar un día completamente libre es una ilusión. La armadura se oxida y cae pieza por pieza, en las decisiones cotidianas:

  • Cada vez que elijo tener una conversación honesta.

  • Cada vez que pongo un límite desde el amor y no desde el ataque.

  • Cada vez que dejo de controlar un resultado y elijo confiar.

  • Cada vez que venzo el orgullo, levanto la mano y permito que me ayuden.

  • Cada vez que me quedo presente y siento, en lugar de salir huyendo.

 

Hoy todavía hay piezas que sigo soltando, y probablemente algunas me acompañarán un poco más. Pero cada vez que me atrevo a bajar la guardia, descubro algo hermoso: debajo de todo ese acero nunca dejó de estar mi verdadera esencia. Una mujer fuerte, sí, pero también una mujer sensible, capaz de amar profundamente, de crear, de diseñar programas, de pintar y de vivir con el corazón abierto.

 

Quizá la verdadera transformación no sea convertirnos en alguien diferente, sino recordar quiénes somos cuando dejamos de escondernos. Al final, la armadura solo fue el refugio provisional que un día necesitó nuestro corazón. Cuando llega el momento de agradecerle y soltarla, descubrimos la verdad más grande de todas: la verdadera fuerza nunca estuvo en la armadura... siempre estuvo dentro de nosotros.

 

Sigamos avanzando. No desde la necesidad de protegernos del mundo, sino desde la maravillosa valentía de mostrarnos tal y como somos.

 

Gracias por estar aquí. Gracias por leer. Te invito a seguirme en Instagram y YouTube como @coachsandraperez. Ahí encontrarás videos con diferentes temas y reflexiones y un espacio para potenciar tu ser.

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