Miércoles de Ceniza: el fin de una percepción equivocada
- Aarón Pérez
- 17 feb 2021
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 14 feb
Por Aarón Pérez
Blog: Despertar Consciente
Apocalipsis 1:8. Yo soy el Alpha y la Omega, principio y fin, dice el Señor, que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso.
En la Biblia se menciona que Jesús dijo ser el Alpha y la Omega. Sin embargo, hay un detalle que pocas veces se toma en cuenta: Jesús no hablaba griego; hablaba arameo. Esto implicaría que, en sentido estricto, Jesús no habría dicho Alpha y Omega, sino algo más cercano a: "Yo soy el Aleph y el Tav".
Este dato podría parecer menor, pero no lo es. Los filólogos y especialistas en textos antiguos coinciden en que muchas traducciones no solo trasladan palabras, sino también símbolos, significados y marcos culturales. Y en ese traslado, con frecuencia, se pierde profundidad.
El Tav antes de la cruz
El libro de Ezequiel 9:4 contiene un pasaje particularmente revelador:
Y Yahveh le dijo: "Pasa por la ciudad, por Jerusalén, y marca una cruz en la frente de los hombres que gimen y lloran por todas las abominaciones que se cometen en medio de ella"

Hoy tendemos a leer este texto desde una lente cristiana posterior, asociando automáticamente dicha marca con la cruz. Sin embargo, históricamente esto no encaja. Hasta el año 313 d.C., cuando el emperador Constantino I legalizó el cristianismo mediante el Edicto de Milán, la cruz no era un símbolo religioso, sino un instrumento de tortura. Incluso después de la muerte de Jesús, portar una cruz habría sido culturalmente impensable. Habría equivocado, salvando las distancias, a portar hoy una cadena con una silla eléctrica.
Entonces, ¿qué era realmente esa marca en la frente?
El Tav como símbolo de cierre y transición
Los estudios históricos y paleográficos sugieren que la marca mencionada en Ezequiel no era una cruz cristiana, sino una forma primitiva de la letra hebrea “Tav”, la última letra del alfabeto hebreo, cuya grafía antigua tenía una forma similar a una cruz inclinada. El Tav simbolizaba el final.Pero no el final como terminación, sino como culminación, cumplimiento y tránsito.
Quien era marcado con el Tav había llegado al final de una etapa, no para desaparecer, sino para renacer en un plano distinto, frecuentemente entendido como una transformación espiritual. El fin, en este sentido, no es cierre definitivo, sino paso hacia otra forma de vida y de percepción. Visto así, la expresión Aleph y Tav adquiere una profundidad distinta:principio y fin no como puntos temporales, sino como estados de conciencia.

Caminos espirituales y la promesa del tiempo
Un Curso de Milagros plantea algo profundamente disruptivo para esta lógica:
“Son muchos los que se han pasado toda una vida preparándose y ciertamente han tenido sus momentos de éxito. Este curso no pretende enseñar más de lo que ellos aprendieron en el tiempo, pero sí se propone ahorrar tiempo. Tal vez estés tratando de seguir un camino muy largo hacia el objetivo que has aceptado. No es necesario que dediques toda tu vida a la contemplación, ni que pases largos períodos de tiempo meditando con objeto de romper tu atadura al cuerpo. Todos esos intentos tendrán éxito a la larga debido a su propósito. Pero los medios son tediosos y requieren mucho tiempo, todos ven la liberación de la condición actual de insuficiencia y falta de valor en el futuro.”

A menudo no elegimos un camino espiritual; lo heredamos, lo aprendemos o nos lo señalan. Y no es extraño que sigamos rituales, prácticas o creencias sin detenernos a cuestionar su origen, su simbolismo o su sentido más profundo. Existen muchos caminos hacia el despertar, y ninguno es mejor que otro en cuanto a propósito. Todos apuntan al mismo lugar. La diferencia está en los medios. La mayoría de los caminos conciben el despertar como algo que ocurrirá más adelante: después del esfuerzo, del sacrificio o de años de práctica. En todos ellos, la paz aparece proyectada hacia el futuro.
"No tengo que hacer nada"
El Curso de milagros nos señala otra posibilidad:
“Tu camino será diferente, no en cuanto a su propósito, sino en cuanto a los medios. Cuando la paz llega por fin a los que luchan contra la tentación y batallan para no sucumbir al pecado; cuando la luz llega por fin a la mente que se ha dedicado a la contemplación; o cuando finalmente alguien alcanza la meta, ese momento siempre viene acompañado de este feliz descubrimiento: "No tengo que hacer nada”. Hacer algo siempre involucra al cuerpo. Y si reconoces que no tienes que hacer nada, habrás dejado de otorgarle valor al cuerpo en tu mente. He aquí la puerta abierta que te ahorra siglos de esfuerzos, a través de ella puedes escaparte de inmediato, liberándote así del tiempo. Ésta es la forma en que el pecado deja de ser atractivo en este mismo momento.”
Hacer algo siempre implica al cuerpo, al tiempo y al esfuerzo. Reconocer que no hay nada que hacer no es pasividad, sino un cambio radical de percepción. Es retirar al cuerpo y al tiempo del centro de la salvación.
Ahí se abre una puerta. No al final del camino, sino ahora. No después de una vida de búsqueda, sino en el único instante real.
El fin de una percepción equivocada
Tal vez el verdadero sentido del Miércoles de Ceniza no sea recordar que somos polvo ni apuntar al cuerpo o a su destino,sino señalar una percepción que se disuelve. El Tav no anuncia muerte. Señala el final de una percepción equivocada.
No es casual que Jesús haya generado tanta incomodidad entre los líderes religiosos de su tiempo. No por romper la Ley, sino por mirarla desde otro lugar. La reinterpretó, se alejó del dogma y desplazó el énfasis de la norma externa a la experiencia viva de Dios. Ese cambio de percepción no apunta a un logro futuro.No es algo que se alcance con el tiempo.Solo puede ocurrir en el único instante en que es posible: cuando se decide ver de otra manera.
Antes de cerrar este texto, pregúntate:
¿En qué otras áreas de tu vida sigues mirando desde una percepción que nunca has cuestionado?
Si este texto te incomodó, te resonó o te hizo replantearte algo, te leo en los comentarios.
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